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sábado, abril 17, 2021
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Historias de pandemia: Un llamado a la responsabilidad individual y colectiva.

Si hablamos de personas que hayan tenido covid-19, a muy pocos hemos visto, o a muy pocos hemos escuchado. Dónde están estas historias?! Por qué no se emiten o se publican. Quizá porque puede resultar aterrador escuchar, ver, o leer esos testimonios.

Nosotros si pudimos escuchar por FM Ciudad Quines, el testimonio de Ariel Andrada, agente sanitario, cuyo diagnóstico fue neumonía por COVID-19, que tras pasar más de una semana internado, con un cuadro que en algún momento se agravó, pudo recuperarse.

“Gracias a Dios volví… Me reencontré el día de la madre con mi madre, mi mujer, mis hijos… Le agradezco a la comunidad que pueda escuchar y sensibilizarse y aceptar la naturaleza. De nada sirve que el municipio, las fuerzas de seguridad, salud pública hagan todos los esfuerzos necesarios, si cada uno no hace su esfuerzo”, reflexionó en algún momento de la entrevista.

El testimonio de Ariel es todo un llamamiento claro y tranquilo a la responsabilidad individual y colectiva.

A partir del mismo comencé a preguntarme por otros testimonios, y encontré que a seis meses de la pandemia en el hospital El Cruce, un Hospital de Alta Complejidad de la zona sur del Gran Buenos Aires, abren un espacio de comunicación con la comunidad, para que las personas cuenten cómo transitan la emergencia sanitaria de COVID-19. A ese espacio lo denominan “Personas reales con historias reales”.

Dentro de las historias de pandemia accedí al relato de una mujer que cuenta como su madre tuvo una urgencia y debió ser internada contrayendo coronavirus. Se titula Carta abierta de mí dolor y dice lo siguiente:

Hola, soy Daniela, hasta hace unos días tenía una vida casi perfecta, tenía a todos mis seres queridos conmigo, mientras el mundo colapsaba a nuestro alrededor por culpa de la pandemia.

Desde un primer momento entendimos y comprendimos que la situación era más que delicada y que solo con responsabilidad y conciencia debíamos cuidarnos por nosotros y por los otros.

Mi mamá, una abuela amada de 77 años decía, “a mí esto no me va a agarrar porque desde febrero que no piso la calle y sé que ustedes se cuidan muchísimo y nada nos va a pasar”.

En este contexto y mundo convulsionado de repente mí mamá necesitó una cirugía que no podía postergarse.  

Rápidamente fue internada, con un estricto protocolo para evitar el contagio que incluyó un hisopado previo a la cirugía, días de espera para obtener el resultado en un sector de aislamiento. Y principalmente sin el acompañamiento de ningún familiar para reducir al mínimo toda posibilidad de propagación del virus.

Así fue que luego de varios días mí mamá fue operada, salió bien de la cirugía.

Desde el primer día nos mantuvimos en contacto por video llamadas. Cada hora nos llamábamos y nos contábamos cómo iban las cosas…

Los médicos todos los días me llamaban para pasar el parte, me contaban cómo estaba mamá y más de uno me expresaba su angustia de trabajar contra reloj con un virus que todo lo arrasa y la bronca e impotencia que sentían porque la gente no se cuidaba.

Un día mamá me llamó temprano para decirme que había amanecido con unas líneas de fiebre… El día miércoles 12 de agosto nos confirman que el hisopado había dado positivo, pero que ella venía clínicamente bien, con una leve tos y ningún otro síntoma de alarma.

Obviamente el resultado nos impactó pero aun así nos seguimos dando fuerzas a través de las video llamadas.

Pero ese jueves a la tardecita algo pasó. Habíamos estado hablando como todos los días. Escucho mí teléfono sonar, era mamá en una video llamada, seguro me iba a contar que le habían llevado galletitas para merendar…. Pero no, en la video llamada la veo a mi mamá desesperada por querer respirar, me pedía por favor que llamara a su médico, veo a las enfermeras asistiéndola, le pido a una de ellas que me diga que está pasando, me dice que no me puede contar pero que ya habían llamado al médico. Mamá alcanza a decirme “ahí vienen los médicos” y me pide que vaya, la enfermera asiente con la cabeza y yo salgo volando para el sanatorio.

Desde la puerta del sanatorio la vuelvo a llamar, mi mamá me atiende, más tranquila, respirando mejor, diciéndome que ya se siente medianamente bien.

La jefa de enfermeras me cuenta que mamá estaba estable y descansando, que me quedara tranquila que había informado a las enfermeras y médicos que pusieran especial atención en el monitoreo de mí mamá.

Vuelvo a casa, me baño, tomo un té y me acuesto para descansar y recibir el llamado de mamá cuando se despertara. Pero lo que recibí a los pocos minutos fue el llamado del doctor que me pedía que fuera al sanatorio porque había surgido una complicación…. Mamá había muerto… Paro cardiaco por falla respiratoria por COVID-19.

El médico me veía llorar desgarrada mientras le pedía por favor que me dejara verla. A pesar de mí dolor pude ver el dolor en su mirada cuando me tuvo que decir que no podía dejarme.

Mi mamá se fue sola, asustada, sin que yo pudiera sostenerle la mano. No pude despedirla. Sus hermanos, sus nietos, sus amigos nadie la pudo despedir. Ella no se merecía partir en esa soledad aterradora pero no hubo opción… Y nosotros quedamos destrozados…

Ahora te hablo a vos… “que estás cansado porque no te podes juntar a comer con amigos”, “que te indignás porque no podes salir” “que te negás a cuidarte” TOMA CONCIENCIA, si no te importa contagiarte, pensá que podés contagiar a tu mamá, papá, hermanos o cualquier persona que te importe y que ellos pueden tener una muerte como la de mi mamá.” Daniela Bramajo.

Al igual que lo que intentó marcar Ariel, el testimonio de Daniela también es todo un llamamiento a la responsabilidad individual y colectiva.

Y entonces me acordé de lo publicado por el sociólogo e investigador del Conicet Daniel Feierstein, que analizó la conducta de los argentinos frente a la pandemia de coronavirus, y explicó por qué, según su criterio, fracasan las estrategias para frenar los contagios. “La respuesta no es médica, sino sociológica”, dijo y aclaró que la imposibilidad de frenar los casos debe entenderse a partir de “dos importantes sistemas de defensa psíquica que operan a nivel colectivo: la negación y la proyección”.

La negación, es un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los conflictos negando su existencia o su relación o relevancia. Se rechazan aquellos aspectos de la realidad que se consideran desagradables.

En tanto que la proyección: es un mecanismo de defensa que utilizamos para defendernos de las amenazas externas, atribuyendo la responsabilidad de nuestras conductas a otro. Se culpa de lo que nos pasa a otro/s, pensando que lo malo o lo que genera malestar viene del ambiente hacia uno mismo, en lugar de ver que la responsabilidad recae en nosotros, y que se trata de algo propio e interno.

Feierstein indicó que en una pandemia -o en cualquier otro fenómeno con consecuencias masivas- la población no actúa “según una racionalidad ajustada a fines, sino que se ve atravesada por acciones afectivas”. Ese proceso genera, según el sociólogo, una tendencia de menguar, e incluso ignorar, el riesgo de lo acontecido. A cualquier sujeto le resulta difícil aceptar la posibilidad de su muerte o enfermedad y también la alteración de su vida cotidiana.

“Simplemente no estamos comprendiendo lo que pasa. Nadie quiere aceptar la posibilidad de su muerte o la de sus seres queridos. No sirve echarse la culpa los unos a los otros, o a la población. Simplemente no estamos comprendiendo lo que pasa, cuanto menos a nivel de los comportamientos sociales.”

Coincidencias entre Feierstein, Ariel y Daniela no?!


Licenciada en Psicología Gilda Montoya: gilda_im@yahoo.com